Elegante y siempre acompañado de un halo de misterio, Jack Taylor es uno de los rostros más emblemáticos del cine de terror español. Estrella atípica del cine de género, este actor nacido como George Brown Randall en Oregón, el 21 de octubre de 1936, nos comenta algunas curiosidades de su prolífica carrera.
Comenzaste tu carrera a mediados de los años 50, en programas como El Show de Jack Benny, donde coincidiste nada menos que con Marilyn Monroe.
Fue mi primera experiencia profesional. Ella venía de rodar con Robert Mitchum la película Río sin retorno y se había lastimado un pie. Cuando la vi durante los ensayos con un bastón, los rulos y sin maquillar, recuerdo que pensé: «¿Esto es Marilyn?». Y a la hora de grabar, apareció sin el bastón, bien peinada, maquillada y con ese cuerpo maravilloso que tenía y… sí, era Marilyn Monroe. ¡Era espléndida!
A principios de los años 60, dejas Los Ángeles para irte a trabajar a México. ¿Por qué?
Mira, te voy a ser sincero. Yo no era del tipo de Marlon Brando ni tan alto como Rock Hudson, entonces me podía pasar diez años en Hollywood sin lograr trabajar. Quería hacer cine como fuera y pensé en irme a Italia, pero como no tenía dinero suficiente me marché a México, que estaba más cerca. Allí comencé a actuar en español.
Rodaste con Federico Curiel películas como Neutrón, el enmascarado negro (1960), La maldición de Nostradamus (1960), Los autómatas de la muerte (1962)… ¿Cómo era el cine mexicano de aquella época?
Ingenuo. Rodábamos en Churubusco, los grandes estudios, pero era un cine bastante ingenuo, de serie B. Por aquella época sí hice una producción más ambiciosa titulada La torre de marfil. Pero la película se quemó en el incendio de unos laboratorios y no quedó copia alguna.

Y de México a España…
Sí, hice varias obras de teatro en México, porque allí no importaba que tuvieras acento. Entre otras, participé en un musical que tuvo un extraordinario éxito. Como los productores de la obra eran españoles, decidieron estrenarla en el teatro de la Zarzuela, en Madrid. Pero resultó un fracaso absoluto. Cumplí mi contrato de tres meses y, después, me quedé. Así es la vida del cómico.
La primera producción española en la que intervienes fue Los guerrilleros (1963), de Pedro L. Ramírez, en un reparto en el que figuran Manolo Escobar y Rocío Jurado entre otros.
Sí, me acuerdo que rodamos en Andalucía. Fue mi primer trabajo en España.
Y de ahí al eurowestern, con películas como Fuera de la ley (1964), de León Klimovsky, Uncas, el finde una raza (1965), de Mateo Cano, o Joe Navidad (1967), de Sidney Pink.
Es curioso porque hay quien asocia mucho mi nombre al eurowestern. Tampoco hice tantos. Y, además, a mí no me gustan los westerns.
Luego llegaría tu encuentro con Jesús Franco. ¿Una persona clave en tu carrera?
Sí, con Jesús hice ocho películas sobre un periodo de diez años. Le debo mucho. Con él hice dos o tres películas que me gustaron mucho, como Necronomicón (1968) o El conde Drácula (1970). Estaban muy bien y tuvieron un enorme éxito fuera. Luego hicimos cosas menos buenas y, finalmente, dos o tres que no me gustaron nada.
¿Cómo era trabajar con Jesús Franco?
Jesús era un encantador de serpientes. Era encantador en todos los sentidos. Se aburría mucho después de los primeros cuatro días del rodaje de una película. Enseguida quería comenzar otra. Pero hicimos cosas interesantes y era fácil trabajar con él. Por ejemplo, en Necronomicón no había guión. Cada mañana él escribía a mano tres o cuatro páginas, yo las traducía y así la hicimos. Ahora es una película de culto.
Aparte de las colaboraciones con Jesús Franco, también te pusiste a las órdenes de Amando de Ossorio para intervenir en dos clásicos del cine de terror español: El buque maldito (1974) y La noche de los brujos (1974).
Sí, antes había trabajado ya para Ossorio en un western, La tumba del pistolero (1964). Recuerdo que mientras hacíamos El buque maldito se enfadó mucho conmigo porque en una escena me equivoqué y me dijo: «Me sobran actores». Había mal ambiente en ese rodaje. Demasiado antagonismo entre las actrices —las protagonistas femeninas de la película eran Maria Perschy y Bárbara Rey—. Cuando no hay buen rollo en una película me afecta. Sin embargo, se ha convertido en una película de culto. En Alemania, por ejemplo, aún la pasan por televisión. Amando tuvo una gran idea con sus templarios.
¿Una buena época para el cine de terror español?
Sí, hicimos cosas curiosas. Un poco casposillas… pero interesantes. El éxito del cine de género tenía que ver con la censura porque se podían hacer cosas con un toque de erotismo que no se permitía en el cine más serio. Y es curioso porque todas estas películas de las que hablamos son de serie B; pero de las de serie A, nadie se acuerda de ellas. Y las veo en TVE alguna vez, las en teoría «buenas» películas y… bueno, ¿para qué vamos a hablar de eso?
Ya que comentas el tema del erotismo: en plena Transición, apareces en películas ya bastante subidas de tono, como Aberraciones sexuales de una rubia caliente (1977) o Las diosas del porno (1977).
Yo no tengo ni idea de qué son esas películas —afirma con el gesto algo más serio—. No sé si son de Jesús (Franco) o no, pero él tenía la mala costumbre de coger trozos de otras películas y meterte en el montaje final de algo en lo que no habías participado. Yo tengo películas por ahí que no he hecho. Hay una que se llama La condesa negra, o algo así, que tiene como cuatro versiones. Y una de ellas es abiertamente porno, en la que yo desde luego no participé. Por eso digo que Jesús era un encantador de serpientes, pero… le tengo cariño.
Con Juan Piquer Simón, otro nombre clave del cine de género en España, también colaboraste en varias ocasiones.
Sí, primero hicimos Viaje al centro de la Tierra (1977), que es una película muy bonita, y luego hicimos Mil gritos tiene la noche (1982), que sorprendentemente sigue teniendo éxito todavía. Es una auténtica película de culto. Vinieron hace poco desde Escocia para entrevistarme y hablar de ella. Y pasó una cosa muy curiosa. Tenían mucho interés en saber quién había sido el director artístico. Me decían: «Salías fantástico en una escena, donde tu chaqueta resaltaba sobre el fondo de ladrillos…». Y yo les tuve que reconocer que esa chaqueta era mía y que la pared estaba allí de casualidad. No era nada hecho a conciencia. Pero me alegro mucho de que siga gustando.
¿Y cómo te lo explicas? Porque se trataba de un cine bastante limitado, ¿no crees?
En el caso de Mil gritos tiene la noche yo creo que se trataba de una película atrevida. La gente de ahora no tiene ni idea de la censura que había antes. Y esta producción, que ahora está considerada una película de culto, recibió unos palos tremendos en su día por parte de la crítica. Después de haber hecho una cosa presentable para la época, al pobre Juan le pusieron a parir. Decían que era una aberración, algo terrible. Pero aquí está la película hoy, vigente todavía.
Quizá a Juan Piquer Simón le ocurrió un poco como a Paul Naschy, que fue muy poco respetado por la crítica en su momento para, con los años, terminar convertido en una especie de mito.
Sí, Paul fue el precursor del cine de género en España. Y es verdad que estaba muy amargado porque pensaba que no le daban todo el reconocimiento que merecía.
Además de estas películas de género, también has tenido la oportunidad de trabajar a las órdenes de directores de prestigio, como Richard Lester en El regreso de los mosqueteros (1989) o Ridley Scott en 1492, la conquista del paraíso (1992).
Donde no aparezco porque me cortaron en el montaje en el último momento. Está ahí como crédito, pero en realidad no aparezco.
¿Notabas mucha diferencia entre este tipo de superproducción y los rodajes que habías compartido con cineastas como Jesús Franco, Amando de Ossorio o Juan Piquer Simón?
Te explicaré algo para que veas cómo eran las cosas en estas producciones internacionales. En 1982 rodé Conan, el bárbaro, a las órdenes de John Milius. Me llevaron a Almería, me vistieron, me maquillaron, me metieron en una roulotte y nadie vino a decirme nada. Yo solo había visto al director una ocasión antes, cuando hicimos el casting y me dieron el papel de sacerdote homosexual. Recuerdo que solo le pedí que no exagerase el carácter homosexual del personaje, que es un error en el que suelen incurrir los directores. Después de eso, nadie me dijo nada más. Yo estaba muerto de miedo. Ni podía recordar mis frases. Por problemas de clima, tardamos tres días en poder rodar mi escena. Cuando se pudo, me plantaron ahí en medio y a rodar, sin darme dirección ninguna. Vino Arnold Schwarzenegger de espaldas y yo pensé: «¿Cómo voy a parar a este armario?». Entonces se me ocurrió simplemente extender la mano, él se dio la vuelta y nos salió una escena preciosa. Luego, al final de la jornada, Arnold se me acercó con un puro y me dijo: «John está muy contento». Y eso fue todo. Nadie me habló.
¿Y cómo fue con Roman Polanski en La novena puerta (1999)?
Era otra cosa, un rodaje muy fácil. A él le gustaba repasar el guión antes de hacer las escenas. Así lo hicimos en Toledo y, luego, en Cintra (Portugal). Fue el trabajo más fácil de mi vida porque hay planos en los que Johnny Depp y yo ni siquiera ensayamos. Sí, claro que había diferencias. Hay que tener en cuenta que yo estaba acostumbrado a trabajar en España en la época dorada del cine de género, cuando la comida era una bolsa de papel con una manzana verde y dos bocadillos. Para mí trabajar en una película de Polanski fue un lujo.
¿Qué recuerdos tienes de Milos Forman en Los fantasmas de Goya (2006)?
Era un encanto. Yo le pregunté: «Oye, Milo, ¿cómo quieres que diga esto?». Y él con su acento checo me contestó: «¡Qué sé yo!».
¿Alguien ha contado todas las películas en las que has intervenido?
Sí, alguien las ha contado. Son más de 120.
Y estás en plena forma. Hace poco te veíamos en una papel estupendo en Hijo de Caín (2013).
Sí, la rodamos en Tarragona. Me encantó el rodaje con Jesús Monllaó. Es una buena película.
¿Y esa aparición en las fotos de Grand Piano (2013)?
Había rodado con Eugenio Mira The Birthday (2004), su primera película. Luego hice Agnosia (2010). Eugenio me dijo: «Me he prometido a mí mismo que vas a estar en todas mis películas». Pero en Grand Piano no había un papel para mí. Pero se le ocurrió ponerme en las fotos para que pudiera tener presencia en la película. Eugenio es un genio. Le quiero mucho como persona y como director.
Supongo que notarás un cambio enorme en el cine español actual con ese cine de género de los años 60.
Totalmente. Hay muy buenos actores entre los jóvenes, más frescos. Antes era otra manera de interpretar. Me parece que está todo como menos encorsetado. También hay grandes directores. Lo que hace falta son productores.
¿Y estás dispuesto a seguir dando guerra en el cine de género?
No creo que tenga escapatoria del cine de género. Estoy con el sello… (se ríe). Yo me siento muy orgulloso de formar parte de ese tipo de películas. Es un cine además que ha sobrevivido muy bien. Y a mí me permite decir: «aun respiro».
Esta entrevista se publicó en el número de febrero de 2015 de la revista digital Phenomena.